La viajadera

Colombia con aroma y sabor a café

 

Este no fue un viaje convencional o estructurado como lo fuera para cualquier persona o como lo haría cualquier persona. Fue diferente hasta para mi, lo podría catalogar como arriesgado y precisamente eso fue lo que me motivó a hacerlo, enfrentarme a lo desconocido.

Llegué a este país con la seguridad de conocer nuevas facetas de mi, de conocer nuevos lugares y de disfrutar de una nueva experiencia: llegar a intercambiar trabajo a cambio de estadía y comida.

Llegué a la ciudad de Bogotá, caminar sus calles en compañía de mi curiosidad nata que me ayudó en mi oficio como periodista me llevó a lugares interesantes, hablar con personas poco comunes, entrar a lugares diferentes, tomar nuevas fotografías, y tener mi primer contacto con todo un mundo de café que me esperaba sin saberlo.

Estuve unos días recorriendo nuevos y tradicionales espacios de esta ciudad, a pesar de que era mi quinta visita a la capital neogranadina, todos los viajes son diferentes, llegas con diferentes propósitos y te vas con nuevas experiencias.

Se acercaba mi primer sábado en aquel país, un día me desperté con el olor al café recién colado y los gritos del señor que diariamente pasa en su bicicleta ofreciendo «peto sabroso, avena bien fría y milo caliente», esa mañana me dispuse a estructurar mi agenda de viaje, buscar los contactos que había hecho unos meses atrás y que había encontrado en internet, decidí que mi primer viaje sería al centro del país, el conocido eje cafetero, específicamente a la capital del departamento del Quindío, Armenia, en eso recibo la llamada de una de mis tías:

– Hola mija, por fin ¿a dónde es que se va usted?

– Mmmm, al Quindío

– A no, entonces no le sirve, la llamaba para contarle que el viernes unos conocidos se van a Ibagué, entonces pensé en que podía irse con ellos…

– ¿Ibagué? ¿Dónde queda eso?

– Es la capital del departamento del Tolima

– Viendo en el mapa eso me queda a mitad del camino, no conozco y se que un hermano por parte de papá vive allí sería la oportunidad ideal para visitarlo, dígale a sus conocidos que me guarden un puesto, que yo les echo cuentos y llevo chucherías.

Y así fue que el viernes a las 8:00 am bajo una tormenta me encontraba saliendo de la ciudad de Bogotá, embelesada con los paisajes que ofrecía el camino y con un par de desconocidos super simpáticos (que entre tanta habladera quedamos en encontrarnos una próxima vez para irnos a Ecuador en carro), estaba en camino al Tolima y localizando a mi hermano para decirle que nos veríamos nuevamente después de 17 años.

Después de unas 4 horas estaba en Ibagué, duramos más de lo normal ya que pasamos por varias localidades del departamento de Cundinamarca, llegamos, me quedé en una concurrida calle de la ciudad con mi mochila, tomé un taxi y le pedí que me llevara a la dirección que mi hermano me había escrito, era la de su casa, allí conocí a Manuel mi pequeño sobrinito, y al pasar las horas llegó mi hermano y su familia, me dijo «hola hermana, bienvenida a mi casa» eso me hizo sentir en familia y dejar a un lado la pena de lo inesperada de mi visita, fue una estadía enriquecedora y gratificante, en un comienzo éramos dos completos extraños con un nexo cercano, al final terminamos siendo simplemente dos hermanos.

Mi hermano y su familia me llevaron a conocer algunos de los lugares más bonitos del departamento del Tolima, variedad de climas, paisajes y hasta sabores. Mi hermano me explicó que Ibagué, la capital del departamento, tiene forma de «caimán» entonces recorrí en un simpático Volkswagen de 1962 desde la cola hasta la cabeza del animal.

Días después me despedí de la familia que conocí para emprender otra parte del camino en esta larga travesía, tomé un autobús con destino a la urbe del eje cafetero, la ciudad de Armenia capital del departamento del Quindío, no conocía la ciudad, ni siquiera a alguien por allí, solo hice contacto con un Hostal, ellos me esperaban, me mandaron la dirección. Luego de atravesar durante más de un par de horas la Cordillera Central que va de punta a punta de Sur América, llegué al terminal a las 9:00 pm un domingo, recogí mis mochilas, la más grande llamaba la atención de la gente, por falta de espacio llevaba mis botas colgadas que se bamboleaban de lado a lado con mi caminar. Salí y disimulando mi cara de perdida tome el primer taxi, le pedí que me llevara a la dirección del hostal.

Se trataba de un señor mayor que inmediatamente después de decirle: «Buenas noches señor, ¿me lleva a esta dirección, por favor?» con mi ruidoso acento extranjero, no solo me miró a través del retrovisor, sino que se volteó a verme de arriba a abajo, me sonrió y me dijo: «a ver niña, usted no es de aquí y con esas mochilas se ve que viene de lejos, desde donde nos visita?, sonreí (nerviosamente) y le dije: » soy de Venezuela» y el volteó y siguiendo el camino a mi destino dijo confiado:  «ahh viene de Venecia, y ¿ cómo es eso por allá?, «no, vengo del país de al ladito, de Venezuela, soy de la capital, se llama Caracas y por allá es muy bonito, imagínese que tenemos montaña y el mar a media hora».

«Pues yo no sabia eso, mire pues… Bueno yo le cuento de por aquí, este es el centro de mujeres de la mala vida, usted sabe, las fufurufas, ¿si ve esas que están en la puerta de ese bar?, de esas le hablo, yo me las conozco a todas, lo triste es que son unas niñas, esas deben tener unos 18 años».

Ciertamente no esperaba que me dijera eso y menos en mis primeros 10 minutos en aquella ciudad, estábamos llegando al hostal, me dio su tarjeta por si se me ofrecía una carrera durante mi estadía. Llegamos, me dejó frente a una casa casa grande, bonita y con pequeño pero hermoso jardín, ventanales grandes y música de fondo. Toqué el timbre, una chica me abrió la puerta, pasé hacia la recepción y el chico de turno me dijo: » tú eres Diana?, bienvenida» me pidió mis datos y seguidamente me mostró mi habitación, la cual compartiría con 3 voluntarios más, durante las próximas semanas.

Dejé mis cosas en la que sería mi casa durante mi viaje, la parte de abajo de una litera, salí a explorar la casa, la gente y el café, en el sótano de esa linda casa había un sueño de café, paredes rústicas, decoración artesanal, música en vivo, cócteles en la barra y mesas llenas, ese, además de la recepción del hostal, sería mi lugar de trabajo.

Con el pasar de los días aprendí a reconocer a los huéspedes, los empleados y los voluntarios, la dinámica de mis funciones, mis jornadas laborales y el día a día de Armenia.

Los voluntarios:

Mareike (conocida como Mary):

Una simpática chica alemana, que vivía en Bélgica y que al salir de clases decidió conocer este lado del mundo, empezó su recorrido mochilero en Panamá donde dio sus primeros pasos con el español y luego… jamás comprendí perfectamente su itinerario de viajes pero lo que puedo asegurar es que habla muy bien español, no le gusta el azúcar, adora comer plátano y ya conoce varios países de América.

Los argentinos:

Llegaron unos días antes que yo, su llegada a aquel lugar fue, un poco, menos planificada que la mía, hace meses que habían salido de la Pampa argentina para cumplir el sueño de bañarse en las bendecidas aguas del caribe, salieron con 400$ para subir y bajar sur américa como si se tratara del patio de una casa, una mochila llena de ganas de crecer, explorar y conocer lo que la vida y la casualidad les pusiera en su camino y muy importante un micro juego de ollas de viaje que me salvaron la vida más de una vez!

Lio: es un fanático de la fotografía, ese era nuestro tema fijo y más cuando empezamos a trabajar para una pequeña compañía de fotografía familiar en un pueblo cercano llamado Calarcá, chef profesional mochilero e instructor del idioma «argentino».

El Sebas: como buen argentino enfermo por el fútbol al igual que Lio, con un carisma más grande que casi sus dos metros de estatura, mal imitador del acento venezolano, poeta furtivo y enamorado de un amor argentino!

La boliviana:

No recuerdo si alguna vez supe su nombre, ella me parecía todo un misterio, tiempo después me enteré que desde hace mucho tiempo vivía en la ciudad de Medellin, capital del departamento de Antioquia, los rumores decían que ella se enamoró por internet de un viajero que por casualidad llegó a Armenia y a ese hostal, entonces ella decidió prestar apoyo como voluntaria esos días para coincidir con él, no me crean, era la hipótesis que se manejaba.

A pesar de que solo a veces había mucho movimiento de huéspedes, uno que otro se dejó colar en mi experiencia viajera.

Una vez en el turno de Sebas en la recepción llegó un señor de unos 5o años supongo, solo hablaba inglés y SOLO tenía galletas tipo sandwich rellenas de queso, no intercambiaba palabras, solo galletas, nos llenó de galletas y de carcajadas en la cocina cuando los voluntarios y uno que otro empleado nos reuníamos y salía él como tema de conversación:

«hoy iba a hablar por teléfono al balcón y lo encontré oliendo los bombillos»

«De nuevo me dio un montón de paquetes de galletas, no sé si es que me ve con cara de hambre o qué»

«Hoy bajó al café y pidió que le cambiaran un paquete de galletas por un almuerzo»

Días después llego un señor que me causó mucha simpatía, lo conocí cuando era mi turno en el café, era un señor bastante mayor, francés, cuando le llevé su desayuno me preguntó sobre su café, orgullosa de mis conocimientos que había adquirido gracias a ese viaje le eché todo el cuento del origen de su café, mostrándose muy interesado me contó que un día se compró una bicicleta junto con un boleto de Francia a Alaska y empezó a bajar el continente en bicicleta, sí, en bicicleta, el poco español que sabía lo aprendió leyendo las cartas de los restaurantes desde México hacia el sur.

Hace un par de lineas atrás les comenté efímeramente sobre un trabajo de fotografía,no fue efímero, fue genial.

Curioseando en internet encontré en una noche lluviosa una publicación donde decía que buscaban fotógrafos únicamente con cámaras Nikon para trabajar en Pereira (la capital del departamento vecino), el anuncio finalizaba con un teléfono celular de contacto. Busqué a cuanto tiempo me quedaba esa ciudad, decía que a 1 hora aproximadamente, entonces me mostré interesada y concrete una cita con la persona.

Hice una prueba en el Jardín Botánico del Quindío ubicado en Calarcá un pueblito a unos 20 minutos, mi trabajo se trataba de tomarle fotografías a los turistas que pasaban por el mariposario. Eso me hizo escuchar decenas de veces las explicaciones de unos adorables guías con respecto a las mariposas. Cuando trabajaba en el Jardín era experta en mariposas y cuando trabajaba en el parque temático Consotá en Pereira, era experta en chivos o en descifrar el significado de los refranes y dichos que hacían reír o hasta sonrojar a más de uno que pasaba a tomar café por la finca cafetera donde hacían vida 3 personajes pintorescos que imitaban la cotidianidad del campo. Si es cierto que la risa rejuvenece, estando en esa finca volví a nacer.

En los días en los que trabajaba en el hostal parte de la jornada también aprovechaba mis horas libres para salir a caminar la ciudad, tomar fotografías o sentarme a ver pasar la gente mientras que comía dulces callejeros típicos de la región.

Mis días libres eran los mas esperados, era mi oportunidad o para trabajar como fotógrafa o para conocer el verdadero olor a café que pone en tazas a nivel mundial lo bueno de Colombia, de unos 11 pueblos que rodean la ciudad, conocí 7, uno mas bonito que otro, todos con personalidad, con dinámicas y ambientes diferentes a pesar de estar rodeados por las mismas montañas cafeteras y plataneras.

Cada viaje local me llenaba de una anécdota personal una entrada del blog de notas del teléfono, una de las más simpáticas fue la del domingo 22 de mayo, fue un día diferente, pero sin duda inspirador para escribir todo lo que veía y sentía mientras llegaba a Buenavista, aquí les dejo ese día, imagínenlo, cierren los ojos (es válido ajustar el escenario a una de la realidades por la que nos pasea García Márquez):

– El domingo fue mi día libre esa semana, estaba trabajando en Casa Quimbaya a cambio de estadía y una comida al día, Armenia está en el centro de todos los lugares turísticos y recomendados para ir, es por eso que pensé en aprovechar ese día libre a pesar de no tener muchas ganas de salir muy temprano de la cama, mi espíritu viajero fue que el me quitó la cobija y se llevó la flojera. El sábado anterior había planificado ir a Salento ese domingo y conocer el pueblito más turístico de Latinoamérica, pero me recomendaron ir solo días de semana, ya que el fin de semana era muy concurrido, cambié los planes y preguntando el camino, emprendí viaje a Buenavista. 

Tierra fértil, olor a café, olor a grama recién cortada, casas pintorescas, ni las escuelas se escapan de los vibrantes colores, techos rojos y decoraciones alusivas al lugar, montañas con diferentes tonalidades de verde, infinitas plantaciones de maíz y plátano a orillas de la carretera, casas con el tendedero de ropa de trabajo recién lavada, lechona, café y bandeja paisa cada dos casas, en el camino conocí Barcelona un corregimiento de Calarcá, el sector me recibió con casas de dos pisos y balcones de todos los colores, mujeres con biblia en mano caminando por las aceras con sombra, desde la carretera se podían ver algunos claros entre tanta vegetación donde a lo lejos se podía divisar el ganado disfrutando de kilómetros de verde pastizal en un fresco día a pesar de que era un día soleado.

Hicimos una parada en Río Verde una placita con un par de casas coloridas y con terminaciones en bambú alrededor, otra pasajera del autobús me recomendó quedarme en ese lugar al regresarme de Buenavista y tomar un bus en dirección al Pijao, otro pueblo del Quindío, al sur específicamente. Ella era oriunda de Buenavista pero trabajaba en Pereira, capital del departamento de Risaralda y al tener la familia en su pueblo natal es costumbre para ella hacer ese recorrido todos los fines de semana.

La gran mayoría de matas de plátano estaban cargadas, lo sabía porque los racimos estaban envueltos en bolsas plásticas aún sin ser cortados de la planta, todas eran azules. Estaba deleitada en toda la carretera con lo poco que podía ver desde el autobús, pero a unos cinco kilómetros de Río Verde el autobús empezó a subir, entre más se adentraba en la montaña más podía divisar y deleitarme con ver la unión, a cientos de kilómetros de mi, del cielo con esta tierra fértil responsable de posicionar a Colombia como el productor del mejor café del mundo.

Allí, en la loma de la montaña, el clima cambió, de una curva a otra sentí la diferencia, cerré los ojos para inhalar fuerte la frescura de ese pueblo, al abrir los ojos, Sonia la chica del autobús se volteó con una sonrisa y me dijo: «vea pues niña linda, bienvenida a Buenavista».

Don Oscar, el conductor de la unidad me dejó en el parque. Me bajé del autobús y vi hacia los lados sin imaginarme que media hora después me conocería el pueblo como la palma de mi mano. Entré a la iglesia, pensé en haber pagado todos mis pecados subiendo unos 200 mts de pendiente bajo un sol picante sin brisa, pero al llegar arriba la vista del sitio me hizo saber que había valido la pena, el mirador era lo que hace 9 años había sido una estación de teleférico.

Nadie me supo decir porque había cerrado pero la estructura se mantiene muy conservada. Después de ver la alucinante vista me di cuenta que disfrutar de paisajes como esos tan puros y a veces tan azules, porque al cielo le gusta teñir la tierra que pisamos, es lo que te hace saber que estas vivo, como abrazar a alguien que quieres mucho o producirle una sonrisa a un niño.

Al finalizar mi recarga de energía, bajé y recorrí la calle principal y los alrededores hasta llegar a una heladería artesanal que me recomendó Sonia, la chica del autobús. Me atendieron como me consiente mi mamá cuando estoy en casa, tuve la fortuna de degustar helado de café con helado de kibana (kiwi, cambur y piña) uno de los mejores que he comido, luego esperé juiciosa durante una hora el autobús que me llevaría a Río Verde otra vez y desde ahí tomar el que iba al Pijao.

El camino hacia el Pijao:

Una de las carreteras más bonitas por la que he tenido la oportunidad de pasar ha sido la de Río Verde al Pijao, montañas enteras de plantaciones de plátano, lo que me hace recordar mucho a mi abuela, para ella no había un plato de comida completo sin plátano, los llanos colombianos la vieron nacer hace décadas,  el camino también me hizo recordar lo mucho que le costaba encontrar en Venezuela su predilecto sabor para matar los antojos vespertinos, un «carrión» (tipo de plátano verde y pequeño, creo que también le llaman «topocho»).

Qué se iba a imaginar mi «aguelita», que esa niña de ciudad que ella llamaba «la periodista Tita Beltrán» no estaría ese día en pijama en la casa haciéndole cosquillas a los perritos en la barriga, sino sola en ese país, en la compañía de su recuerdo y rodeada de cientos y cientos de plantaciones de frutas y verduras en la mitad de las montañas.

Las pintorescas casas del Pijao me avisaron que mi parada ya estaba cerca. Este pueblo parecía más grande que el anterior. Inmediatamente me ubiqué por el alto campanario de la iglesia. Al caminar en esa dirección noté inmediatamente que el pueblo andaba de fiesta, la gente estaba contenta, si sonaba la canción de moda estar comiendo no era impedimento para pararse a bailar.

Eran las fiestas patronales del pueblo, la comunidad en pleno disfrutaba y era parte de la festividad, los más jóvenes orgullosos tocaban con alma y corazón sus instrumentos musicales sincronizados  por la barita que dirigía la banda, otros posaban junto a una llama para una cámara de fotografías instantáneas de esas que al sacar la imagen se debe agitar para que se revele en el momento, yo me deleité con la manera de disfrutar la festividad de las personas de aquella localidad, luego de recorrer el pueblo me senté a esperar el ultimo autobús que me llevaría de regreso a Armenia, lo esperé justo al lado de una partida de ludo que le daba vida a una tertulia de abuelos, ellos discutían sobre las diferencias del sabor del café en el país, yo eso lo tomé como una clase magistral sobre la popular y colorida semilla.

Semanas después luego de deleitarme con infinidad de paisajes emprendí el viaje de regreso paso a paso, a la sala caraqueña de mi casa, en medio de ese regreso al pasar por el Tolima unos días, tuve la oportunidad de darle riendas sueltas a mi imaginación mientras escuchaba de la voz de Hernán, mi hermano, valiosas anécdotas y cuentos sobre la guerrilla colombiana, bajo una luna gigante que alumbraba kilómetros de pastizal en medio de la nada en la zona rural del departamento, donde acampé junto a mi hermano y su familia con motivo del día del padre.

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Fotografía y texto por: Diana Carolina Beltrán

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