Venezolanos saca sonrisas

El caraqueño que se fue a pie siguiendo las estrellas

Afortunadamente puedo decir que tuve una bonita infancia, pude vivir lo mejor de dos países al mismo tiempo. Aunque si bien es cierto que hubo bastantes actividades propias de todo niño caraqueñito que me salté, no perdí la oportunidad de disfrutarlas después de vieja.

Una de ellas fue sentarme cómodamente en las butacas del Planetario Humboldt ubicado dentro del Parque del Este en Caracas, y no bajar la cabeza en los siguientes 40 minutos para contemplar la silueta de la Caracas de los años 60 y  dejarme maravillar por la ciencia, la astronomía y sobre todo, por la voz del joven que manejaba el proyector, dándonos a conocer con esmero y pasión lo afortunados que éramos por poder ser testigos de algunos acontecimientos del espacio desde la comodidad de nuestra ciudad.

En aquel momento, lejos estaba de imaginarme que años después en un picnic disfrutando mi Caracas, coincidiría con ese mismo joven, encuentro que me permitiría conocer su historia planetaria fuera del país que lo vio nacer y que lo haría merecer un lugar en Venezolanos Saca Sonrisas.

Allí estaba él, tratando de memorizar toda la ciudad que sus ojos le permitían ver desde el terminal de autobuses, la última vez que la vería en persona en mucho tiempo, trayendo a su mente todas las vivencias que puede albergar un alma, al mismo tiempo que abordaba la unidad que lo llevaría a lo desconocido, que lo alejaría cada vez más de sus afectos, pero que probablemente, lo acercaría a las oportunidades que su propio país no pudo llegar a brindarle.

Cientos de kilómetros después, llegó a la ciudad fronteriza de Cúcuta junto a su mochila desgastada, una carpa, una cajita con juguetes que apreciaría todo aficionado a la astronomía y el ahorro de sus últimos 6 meses de salario en Caracas, que al cambiarlos se convirtieron en 25 dólares. Esa tarde de octubre, con ese golpe de realidad, Bryant González se convirtió en uno de los 20 millones de venezolanos que cruzaron la frontera en el año 2017.

Antes de partir a Colombia, él tocó la puerta en el Museo Norte de Santander en Cúcuta, les escribió proponiendo organizar algunas actividades astronómicas alusivas a la Semana Mundial del Espacio a cambio de comida y un lugar para dormir, ellos aceptaron y le dijeron que lo estarían esperando con gusto.

Los cinco primeros días fuera de su país fueron gratificantes, el museo lo esperaba para cumplir con su parte del convenio, lo que le permitió a Bryant brillar y sacar a la luz nuevamente su fascinación por la ciencia y la experiencia adquirida en tantos años invertidos y disfrutados en el planetario Humboldt de Caracas.

Pero luego de esa semana la agenda estaba vacía, no tenia claro un siguiente paso, ni mucho dinero en el bolsillo que lo alentara a tomar la decisión que muchos hubiesen tomado, quizás, irse a un hotel, esperar que pasara esa tarde lluviosa y descansar luego de una larga semana, pero este soñador no podía gastar lo poco que tenía en algo que no lo acercara a lo que quería: seguir visitando espacios culturales para ampliar su experiencia y compartir sus conocimientos con el mundo.

Ese mismo día compró un pasaje para el siguiente autobús con destino a Pamplona. Aunque ésta localidad también pertenece al departamento del Norte de Santander como Cúcuta, significaba 75 kilómetros más cerca de la capital del país, llegar hasta Bogotá y conocer el planetario que tantas veces había visto solo en fotos era uno de sus sueños más anhelados.

Nuevamente se montó en un autobús sin mirar atrás, sabiendo que allí comenzaría lo que hasta ahora había sido la aventura más grande de su vida; con ese limitado presupuesto, sin teléfono, computadora y nadie esperándolo a su llegada, no tenia muchas opciones: la primera noche la pasó en una plaza.

A la mañana siguiente, mientras reflexionaba y se preparaba para todo lo que estaba por venir, vivió el primer gesto de solidaridad de innumerables que viviría en su travesía; una mujer se le acercó para ofrecerle un pequeño espacio donde dormir en el humilde hogar que compartía con sus niños. La oriunda de los bajos mirandinos de Caracas, le dio ánimo a Bryant para que continuara con el camino que hacía menos de un mes había comenzado.

Al verlo tocar puertas en todos los espacios posibles en diferentes ciudades del país, le sugirieron que lo hiciera en la Universidad de Pamplona pues muy seguramente alguien estaría interesado en escuchar lo que Bryant tenia por decir, pero al llegar allí se encontró con una universidad desierta por estar en medio de un paro. Las opciones en Pamplona se habían agotado y afortunadamente el Planetario de Bucaramanga, a 124 kilómetros de él, había dejado una respuesta positiva a su solicitud en la bandeja de entrada del correo electrónico.

Esta vez no tenía para el autobús que lo llevara hasta esa ciudad, solo sus pies sobrecargados por el peso de su mochila desgastada.

Caminó, caminó y caminó. Cuando sus hombros y pies le pedían tregua buscaba algún lugar para poner su carpa, descansar unas horas y levantarse muy temprano para aprovechar el primer rayo de luz y continuar con su peregrinaje estelar. Cuando encontraba algún lugar con una computadora, la usaba para buscar algún mapa que le indicara si aún se mantenía en la dirección correcta, al mismo tiempo trataba de memorizar la ruta que debía continuar, pero cuando la noche lo sorprendía en medio del solitario y oscuro camino no dudó en usar sus amplios conocimientos astronómicos para mirar el cielo y, guiándose por las estrellas, saber la hora y la ubicación de algún punto cardinal.

Bryant rememora con detalle esos días, las vivencias que según él le han cambiado la vida: «me han hecho ser más sencillo, humano, menos materialista»,  hace pausas, suspira y traga grueso para hacer un especial énfasis en las reacciones inesperadas de los locales que tuvo la fortuna de encontrarse a su paso.

«Me sentí querido y protegido por todos los desconocidos que me apoyaron desinteresadamente, yo no sabia nada de ellos, ellos solo sabían que yo era venezolano por mi gorra. A donde voy, siempre me he sentido bienvenido».

Con cariño y admiración escuchó más de una vez frases como: «mijito, debe tener hambre, venga, entre y tómese esta sopita que le dará fuerzas para continuar el camino», «¿ya comió?, descanse aquí un poquito mientras se toma este tintico (cafecito)«, «claro mijo, puede montar su carpa en este espacio», «te vimos en el camino y pensamos que pudieras tener hambre, toma esta comida», «Uy mijo, usted es un berraco (valiente), no cualquiera se atreve a hacer lo que usted hace». Se siente profundamente agradecido con todos los colombianos que le han tendido la mano, la gran mayoría de ellos tenía algún vinculo con Venezuela; vivieron algún tiempo en la época dorada del país o conocieron algún vecino, amigo o familiar que migró en esa dirección buscando un rinconcito estable para comenzar una nueva vida.

Serpentear la Cordillera de Los Andes, escampando algunas veces de la lluvia torrencial o de un sol cegador y solo con sus pensamientos, le sirvió para darse cuenta de varias cosas; aprender a coser cuando en medio de la nada las costuras de su mochila se rindieron, extrañar los momentos en los que estuvo acompañado y darse cuenta que sin querer queriendo se había convertido en todo un mochilero, entonces tuvo la idea de enlazar todas las experiencias vividas hasta ahora y los conocimientos de las ciencias del espacio, que al fin y al cabo lo motivaban a continuar con este nuevo estilo de vida.

Cuando días después, por fin llegó a la «ciudad bonita» de Bucaramanga tenia otro motivo para sentarse en frente a una computadora: crear su blog llamado Mochila Astronómica demostrando que «la astronomía no tiene fronteras» y para dar los detalles de lo que les estoy contando. Desde ese día el blog se convirtió en su tarjeta de presentación.

Le aliviaba pensar que alguien lo estaría esperando con la reservación de una cama para darle un merecido descanso a su cuerpo, así fue, el planetario de la ciudad tenía un lugar para su estancia aunque Bryant no pudo llevar a cabo las conferencias acordadas, pues las personas con las que había mantenido comunicación tuvieron que viajar esos días a otras ciudades del país para asistir a eventos relacionados.

Usó esos días para buscar oportunidades en otras ciudades, darle vida a su blog y tratar de vender algunos CDs con un software que él mismo había desarrollado en Venezuela: Astronomía para niños, revistas digitales y material para recortar colorear; Óptica, telescopios y cómo funciona la física; Astro fotografía básica y el cuarto CD, Identificación de estrellas y simuladores.

Cada vez que vendía uno llegaba a su bolsillo el equivalente a casi 2 dólares que destinaba para comprar alguna cosa de comer y juntar lo que costaría el pasaje de autobús a la capital, pues el Planetario Distrital de Bogotá lo esperaba con los brazos abiertos a la semana siguiente.

Habiendo cumplido los días de hospedaje en Bucaramanga y nuevamente con su mochila a cuestas siguió su camino a pie porque el dinero recaudado no le fue suficiente para comprar un pasaje, tenia por delante mas de 390 kilómetros y la viva ilusión de dar una conferencia en tan soñado lugar.

Transcurrían los días y el agotamiento incrementaba, las suelas de sus zapatos ya eran parte del pasado, trataba de tomar descansos más largos en los caseríos por donde pasaba, disfrutaba de noches silenciosas y de las estrellas, sus únicas compañeras que lo guiaban en las caminatas en medio de bosques donde solo podía ver lo que pisaba cada vez que los reflectores de un camión alumbraba sus pasos.

 

De día se topaba con la sonrisa de las personas que lo veían pasar, a muchos les costaba creer cuando contaba con emoción que venia caminando desde Pamplona y su destino era Bogotá. En uno de esos descansos un señor lo escuchó y le preguntó: «¿mijo, para dónde va? – Voy para Bogotá, «Uy, eso si va lejos, yo voy en esa dirección pero por aquí mismo, móntese y lo acerco». 

Luego de atravesar varios pueblos, bañarse en ríos, deleitarse con parques nacionales y ser admirado por quien lo veía y escuchaba, esa frase fue música para sus oídos. El señor Franklin se mostraba asombrado por las anécdotas de este joven mochilero, preguntaba más sobre su vida y las razones que lo habían motivado a hacer aquello.

Cuando Bryant terminó su historia, el señor Franklin trató de dejarlo en un lugar donde pudiera continuar la travesía, pero antes le dijo: «Mijo, no camine más, tome esto para que complete y pague el autobús, buena suerte». 

Con los pies en Oiba conocido como el “pueblito pesebre de Colombia” a 151 kilómetros desde su último punto de partida, Bryant solo miraba al firmamento con una sonrisa de oreja a oreja: tenia por primera vez en sus manos un billete de 20.000 pesos colombianos, el billete que coincidentemente le rinde homenaje a Julio Garavito Armero, un astrónomo bogotano que contribuyó al desarrollo de las ciencias en Colombia.

No calculó horas, distancias ni trayectos, solo tomó el siguiente bus que lo llevaría al destino final que hasta el momento se había trazado y donde lo estaban esperando al día siguiente.

Cada vez que Bryant abordaba un autobús su mente asimilaba sensaciones totalmente distintas, evidentemente ésta vez no seria la excepción. Luego de más de 4 horas de recorrido llega a la bulliciosa capital del país, caminaba lentamente por el terminal de pasajeros observando todo a su alrededor, viviendo el momento en cámara lenta y buscando un lugar en su mente donde pudiera finalmente descansar. Caía la noche en la fría, ruidosa y conglomerada Bogotá de ocho millones de habitantes.

Al mismo tiempo recordó que producto de la emoción de haber recibido respuesta del Planetario, se conformó con saber que la institución haría una reservación a su nombre en las adyacencias del lugar, pero no sabia dirección alguna. Caminó 16 kilómetros hasta toparse con el tan mencionado lugar, no cabía de la emoción, ya no tenia que imaginarse estar ahí, era un hecho, estaba en frente al Planetario Distrital de Bogotá.

Luego de unos minutos volvió a la realidad, solo podía ver edificios residenciales alrededor, una imponente avenida con lujosos hoteles y un cuerpo que ya no daba más, el agotamiento acumulado era más grande que él. Seguía caminando para tratar de encontrar algún lugar sencillo que lo invitara a preguntar si había algo con su nombre, minutos más tarde percibió la mirada de extrañeza de un sujeto de apariencia intimidante que resguardaba la entrada de un exclusivo hotel, Bryant ya no tenia nada que perder, entró por inercia para preguntar en la recepción.

Los que conocemos Bogotá nos preguntamos, ¿qué hubiese sido de la vida de este caraqueño indefenso aquella noche de no haber preguntado en este lujoso e imponente edificio?

«Permítame su pasaporte… Claro señor aquí tiene una suite reservada con su nombre por los siguientes 4 días, con todas las comidas incluidas»

Si usted que está leyendo esto sintió un sustico de emoción en el estómago, imagine el «sustico» de este aventurero que ha acaparado la última media hora de su tiempo.

Al día siguiente después de una reparadora noche de sueño, nuevamente sobre un colchón y bajo un techo, pero no uno cualquiera, sino uno cinco estrellas, este hombre salió muy puntual, elegante y perfumado a comerse el mundo, sonriendo y tratando de creerse todavía todo lo vivido para poder estar caminando en esa acera.

Pasaban los días y los directivos del planetario quedaban boquiabiertos con sus charlas magistrales, la propiedad de sus palabras y el desenvolvimiento como pez en el agua en la sala. Como en todos los lugares a los que fue, las puertas siempre quedaron abiertas para cuando quisiera regresar y agradecía las numerosas palabras de aliento que siempre recibió por su trabajo, ante esto Bryant rememoraba con orgullo sus pasos por aquel lugar que se convirtió en su escuela, el Planetario Humboldt de Caracas.

La dura vivencia de este joven nacido en los 90, viéndose obligado a abandonar la universidad faltándole muy poco para recibir su licenciatura en Idiomas Modernos para empezar de cero en otro país, es cada vez más frecuente entre los venezolanos. Cientos de personas llegan diariamente a Colombia arriesgándose de diferentes maneras para subsistir.

Además, la historia de Bryant no es más que una pequeña muestra de perseverancia, esfuerzo y valentía o «berraquera» como dirían en el país que ahora es su segundo hogar, con ciertos destellos de locura que quizás solo unos cuantos se atreverían a escribir en su libro personal de vivencias.

Gracias a su proyecto Mochila Astronómica ha podido divulgar la ciencia, trabajar y ser el pionero en el desarrollo de diversas actividades culturales y de exploración en diferentes ciudades del país como Medellin y Manizales, por nombrar algunas, además de las mencionadas anteriormente.

Si quieres seguirle la pista a mi colega bloguero, que atravesó buena parte de Colombia a pie guiándose por las estrellas para seguir sus sueños, bien puedes hacerlo a través de su página de Facebook: Mochila Astronómica o leer los detalles sus cuentos planetarios en su blog: http://mochilaastronomica.blogspot.com/.

Si te gustó, comparte el cuento de este Venezolano Saca Sonrisas.

Venezolanos saca sonrisas

El día que se creyeron las dueñas de tierra de nadie y más

Y es esta la historia que estrena la sección «Venezolanos saca sonrisas».

Confieso que cuando creé en mi mente este espacio, no imaginé que ese par lo «inaugurara», y ahora que es un hecho, me siento aún más a gusto.

Siempre me he puesto a pensar, ¿qué estará pasando justo en este preciso momento al otro lado del mundo, de la ciudad, o simplemente de la pared?

Qué estaría haciendo el resto de transeúntes al mismo tiempo que ellas, dentro de su vibrante cotidianidad, (digo vibrante por crecer en un ciudad tan simpática como Caracas) se movían todos los días desde los polos opuestos de la capital para leer, hablar y pensar durante 5 años del mismo tema.

Mientras que una escuchaba y entendía sobre la interacción de organismos dentro y fuera de nuestras fronteras, o de los mecanismos y sistemas diplomáticos a lo largo de la historia mundial, la otra aprendía a investigar temas de interés público para luego contrastarlos y jerarquizarlos, al mismo tiempo que trataba de descubrir sobre qué le gustaría escribir de ahí en adelante.

Transitando durante años, días y noches por las mismas calles nunca se toparon, nunca supieron la una de la otra.

El hilo conductor fue aquella publicación que invitaba a representar a su país en una competencia internacional.

Una se sentía familiarizada con los modelos de Naciones Unidas, pues estaba inmersa en ese submundo de reglamentos, protocolos y diplomacia; la otra por su parte, aterrizó con paracaídas en ese terreno, no tenía mucho más que lo leído en el acontecer diario o lo devorado en las guías y libros de Política Internacional, una de sus materias preferidas en la carrera.

Durante meses ese par, junto a más de una docena de soñadores, destinaron todos sus fines de semana a estudiar y sonreír bajo un sol que se hacia más picante de lo que ya era, por el humo de los carros y motos que por montones transitaba en aquellos días en el este de la ciudad.

Sonreían cada vez que el semáforo con vista al Ávila se ponía en rojo porque significaba que era su momento de caminar entre los carros, llamando la atención de los conductores con un pote y algunas «monedas de la suerte» que les ponía su jefa de vez en cuando. Recolectaban dinero para poder llegar hasta la capital argentina y decir con una emoción contenida:

«Buenos días, nosotros somos la delegación de Venezuela, venimos hasta aquí para representar a la UCV»

Ellas salieron ganando por partida doble o triple de esa experiencia, ya no solo tenían intereses en común, ya no solo se veían los sábados entre guías, simulaciones y diplomacia; también se veían entre semana, en los cumpleaños y hasta en la playa. Luego, conocieron aquella ciudad sureña con los mismos ojos, con las mismas intenciones, la de llamar a sus familias en Caracas el último día de competencia y decirles, embriagadas de felicidad:

«¡¡Lo logré!!, ¡¡lo logramos!!, ¡¡los venezolanos nos llevamos casi todos los premios en esta vaina!! 

Ese viaje, ese día, ese momento fue el tema de conversación durante meses, ellas revivían una y otra vez entre risas los chistes malos, los momentos épicos, las lloraderas colectivas o las tardecitas de cerveza. Una experiencia memorable sin lugar a dudas y que trajo como consecuencia la amistad que más tarde daría pie al proyecto social, hasta ahora, de sus vidas.

Cada quien tomó la decisión de agarrar camino en direcciones diferentes, una se fue al sur, la otra al norte, no saben cuando volverán a verse, cuando volverán a tomarse una foto juntas, lo bueno es que los mensajitos de WhatsApp atraviesan esos casi 12.000 kilómetros que las separa, en micro segundos.

Lo que al parecer les es suficiente para hablar largo y tendido de sus nuevas vidas, de sus nuevas experiencias, con más frío y menos calor; con más té y mate y menos guayoyo; con más facturas y crumpets y menos arepas con diablito.

En medio de sus innumerables tertulias tratando de solucionar lo que pasa en el mundo, llegaron a eso, a lo que estaban dispuestas a hacer para ver mejor a aquel país que dejaron atrás.

Inmediatamente contactaron a los aliados que afortunadamente siguen en su cuidad, hablaron con el que fue su confidente en aquella experiencia argentina y que el día de mañana será uno de los mejores médicos del país, también con una señorita justiciera que a través de sus escritos le da cabida a los que no tienen voz y necesitan ser escuchados.

Y ahora yo digo, ese par del que les he venido hablando sin duda es afortunado, aquellos dos servidores de vocación sin pensarlo dos veces aceptaron ser parte de esta montaña de ideas, buenas intenciones y sueños llamada «Échale Pichón». 

Después de días pensando en algún nombre, llegó ese, sencillo, venezolanísimo como él solo y sinónimo de esfuerzo, entonces, sin más ni más, decidieron echarle pichón. Decidieron hacer algo con la dura realidad que algunos enfrentan a la hora de ir a la universidad y no poder, a la hora de tomar el autobús y no tener con qué pagarlo, a la hora del almuerzo y solo tener una botellita de agua a la mano.

Una por aquí y otra por allá se propusieron a recaudar fondos provenientes del esfuerzo de venezolanos con el corazón gigante que viven regados por todo el mundo, así como incentivar diferentes tipos de ayuda de parte de los que viven aún bajo ese sol caribeño, convocaron a estudiantes pilas y echados pa’ lante de la UCV, que quisieran compartir lo que saben y les gusta hacer con el resto para echarles una mano, con un único propósito: quitar de sus caminos la posibilidad de abandonar las clases, y menos en la recta final de sus carreras.

Ellas al principio no creían que esta idea podía tomar tanto vuelo, o por lo menos en tan poco tiempo, conocer gente valiosa, recibir mensajes gratificantes de desconocidos alrededor del mundo, dibujar sonrisas en sus familiares, consolidar un equipo de trabajo en diferentes países, recibir el apoyo y la intención de ayuda permanente de amigos y familiares en otros puntos del planeta.

La cosa va arrancando y al mismo tiempo tomando forma rápidamente, cada una tiene una lista infinita de planes a futuro junto a la certeza de lograrlos.

Y aquí entre nos, sin que me quede nada por dentro, les digo que cada vez son más los que quieren unirse al proyecto y eso a ellas les encanta, las motiva, porque todo este trabajo parejo tiene un trasfondo claro y concreto:

Demostrar que el que realmente quiere ver mejor aquel pedacito de tierra bonito y chiquito, puede hacerlo de cualquier forma, lo importante es tener la iniciativa y dejar las excusas para después. 

Ahora ellas están como @echalepichon.ve

«La voluntad es lo que le da valor a las pequeñas cosas» Séneca.