Venezolanos saca sonrisas

El día que se creyeron las dueñas de tierra de nadie y más

Y es esta la historia que estrena la sección «Venezolanos saca sonrisas».

Confieso que cuando creé en mi mente este espacio, no imaginé que ese par lo «inaugurara», y ahora que es un hecho, me siento aún más a gusto.

Siempre me he puesto a pensar, ¿qué estará pasando justo en este preciso momento al otro lado del mundo, de la ciudad, o simplemente de la pared?

Qué estaría haciendo el resto de transeúntes al mismo tiempo que ellas, dentro de su vibrante cotidianidad, (digo vibrante por crecer en un ciudad tan simpática como Caracas) se movían todos los días desde los polos opuestos de la capital para leer, hablar y pensar durante 5 años del mismo tema.

Mientras que una escuchaba y entendía sobre la interacción de organismos dentro y fuera de nuestras fronteras, o de los mecanismos y sistemas diplomáticos a lo largo de la historia mundial, la otra aprendía a investigar temas de interés público para luego contrastarlos y jerarquizarlos, al mismo tiempo que trataba de descubrir sobre qué le gustaría escribir de ahí en adelante.

Transitando durante años, días y noches por las mismas calles nunca se toparon, nunca supieron la una de la otra.

El hilo conductor fue aquella publicación que invitaba a representar a su país en una competencia internacional.

Una se sentía familiarizada con los modelos de Naciones Unidas, pues estaba inmersa en ese submundo de reglamentos, protocolos y diplomacia; la otra por su parte, aterrizó con paracaídas en ese terreno, no tenía mucho más que lo leído en el acontecer diario o lo devorado en las guías y libros de Política Internacional, una de sus materias preferidas en la carrera.

Durante meses ese par, junto a más de una docena de soñadores, destinaron todos sus fines de semana a estudiar y sonreír bajo un sol que se hacia más picante de lo que ya era, por el humo de los carros y motos que por montones transitaba en aquellos días en el este de la ciudad.

Sonreían cada vez que el semáforo con vista al Ávila se ponía en rojo porque significaba que era su momento de caminar entre los carros, llamando la atención de los conductores con un pote y algunas «monedas de la suerte» que les ponía su jefa de vez en cuando. Recolectaban dinero para poder llegar hasta la capital argentina y decir con una emoción contenida:

«Buenos días, nosotros somos la delegación de Venezuela, venimos hasta aquí para representar a la UCV»

Ellas salieron ganando por partida doble o triple de esa experiencia, ya no solo tenían intereses en común, ya no solo se veían los sábados entre guías, simulaciones y diplomacia; también se veían entre semana, en los cumpleaños y hasta en la playa. Luego, conocieron aquella ciudad sureña con los mismos ojos, con las mismas intenciones, la de llamar a sus familias en Caracas el último día de competencia y decirles, embriagadas de felicidad:

«¡¡Lo logré!!, ¡¡lo logramos!!, ¡¡los venezolanos nos llevamos casi todos los premios en esta vaina!! 

Ese viaje, ese día, ese momento fue el tema de conversación durante meses, ellas revivían una y otra vez entre risas los chistes malos, los momentos épicos, las lloraderas colectivas o las tardecitas de cerveza. Una experiencia memorable sin lugar a dudas y que trajo como consecuencia la amistad que más tarde daría pie al proyecto social, hasta ahora, de sus vidas.

Cada quien tomó la decisión de agarrar camino en direcciones diferentes, una se fue al sur, la otra al norte, no saben cuando volverán a verse, cuando volverán a tomarse una foto juntas, lo bueno es que los mensajitos de WhatsApp atraviesan esos casi 12.000 kilómetros que las separa, en micro segundos.

Lo que al parecer les es suficiente para hablar largo y tendido de sus nuevas vidas, de sus nuevas experiencias, con más frío y menos calor; con más té y mate y menos guayoyo; con más facturas y crumpets y menos arepas con diablito.

En medio de sus innumerables tertulias tratando de solucionar lo que pasa en el mundo, llegaron a eso, a lo que estaban dispuestas a hacer para ver mejor a aquel país que dejaron atrás.

Inmediatamente contactaron a los aliados que afortunadamente siguen en su cuidad, hablaron con el que fue su confidente en aquella experiencia argentina y que el día de mañana será uno de los mejores médicos del país, también con una señorita justiciera que a través de sus escritos le da cabida a los que no tienen voz y necesitan ser escuchados.

Y ahora yo digo, ese par del que les he venido hablando sin duda es afortunado, aquellos dos servidores de vocación sin pensarlo dos veces aceptaron ser parte de esta montaña de ideas, buenas intenciones y sueños llamada «Échale Pichón». 

Después de días pensando en algún nombre, llegó ese, sencillo, venezolanísimo como él solo y sinónimo de esfuerzo, entonces, sin más ni más, decidieron echarle pichón. Decidieron hacer algo con la dura realidad que algunos enfrentan a la hora de ir a la universidad y no poder, a la hora de tomar el autobús y no tener con qué pagarlo, a la hora del almuerzo y solo tener una botellita de agua a la mano.

Una por aquí y otra por allá se propusieron a recaudar fondos provenientes del esfuerzo de venezolanos con el corazón gigante que viven regados por todo el mundo, así como incentivar diferentes tipos de ayuda de parte de los que viven aún bajo ese sol caribeño, convocaron a estudiantes pilas y echados pa’ lante de la UCV, que quisieran compartir lo que saben y les gusta hacer con el resto para echarles una mano, con un único propósito: quitar de sus caminos la posibilidad de abandonar las clases, y menos en la recta final de sus carreras.

Ellas al principio no creían que esta idea podía tomar tanto vuelo, o por lo menos en tan poco tiempo, conocer gente valiosa, recibir mensajes gratificantes de desconocidos alrededor del mundo, dibujar sonrisas en sus familiares, consolidar un equipo de trabajo en diferentes países, recibir el apoyo y la intención de ayuda permanente de amigos y familiares en otros puntos del planeta.

La cosa va arrancando y al mismo tiempo tomando forma rápidamente, cada una tiene una lista infinita de planes a futuro junto a la certeza de lograrlos.

Y aquí entre nos, sin que me quede nada por dentro, les digo que cada vez son más los que quieren unirse al proyecto y eso a ellas les encanta, las motiva, porque todo este trabajo parejo tiene un trasfondo claro y concreto:

Demostrar que el que realmente quiere ver mejor aquel pedacito de tierra bonito y chiquito, puede hacerlo de cualquier forma, lo importante es tener la iniciativa y dejar las excusas para después. 

Ahora ellas están como @echalepichon.ve

«La voluntad es lo que le da valor a las pequeñas cosas» Séneca.