Venezolanos saca sonrisas

El caraqueño que se fue a pie siguiendo las estrellas

Afortunadamente puedo decir que tuve una bonita infancia, pude vivir lo mejor de dos países al mismo tiempo. Aunque si bien es cierto que hubo bastantes actividades propias de todo niño caraqueñito que me salté, no perdí la oportunidad de disfrutarlas después de vieja.

Una de ellas fue sentarme cómodamente en las butacas del Planetario Humboldt ubicado dentro del Parque del Este en Caracas, y no bajar la cabeza en los siguientes 40 minutos para contemplar la silueta de la Caracas de los años 60 y  dejarme maravillar por la ciencia, la astronomía y sobre todo, por la voz del joven que manejaba el proyector, dándonos a conocer con esmero y pasión lo afortunados que éramos por poder ser testigos de algunos acontecimientos del espacio desde la comodidad de nuestra ciudad.

En aquel momento, lejos estaba de imaginarme que años después en un picnic disfrutando mi Caracas, coincidiría con ese mismo joven, encuentro que me permitiría conocer su historia planetaria fuera del país que lo vio nacer y que lo haría merecer un lugar en Venezolanos Saca Sonrisas.

Allí estaba él, tratando de memorizar toda la ciudad que sus ojos le permitían ver desde el terminal de autobuses, la última vez que la vería en persona en mucho tiempo, trayendo a su mente todas las vivencias que puede albergar un alma, al mismo tiempo que abordaba la unidad que lo llevaría a lo desconocido, que lo alejaría cada vez más de sus afectos, pero que probablemente, lo acercaría a las oportunidades que su propio país no pudo llegar a brindarle.

Cientos de kilómetros después, llegó a la ciudad fronteriza de Cúcuta junto a su mochila desgastada, una carpa, una cajita con juguetes que apreciaría todo aficionado a la astronomía y el ahorro de sus últimos 6 meses de salario en Caracas, que al cambiarlos se convirtieron en 25 dólares. Esa tarde de octubre, con ese golpe de realidad, Bryant González se convirtió en uno de los 20 millones de venezolanos que cruzaron la frontera en el año 2017.

Antes de partir a Colombia, él tocó la puerta en el Museo Norte de Santander en Cúcuta, les escribió proponiendo organizar algunas actividades astronómicas alusivas a la Semana Mundial del Espacio a cambio de comida y un lugar para dormir, ellos aceptaron y le dijeron que lo estarían esperando con gusto.

Los cinco primeros días fuera de su país fueron gratificantes, el museo lo esperaba para cumplir con su parte del convenio, lo que le permitió a Bryant brillar y sacar a la luz nuevamente su fascinación por la ciencia y la experiencia adquirida en tantos años invertidos y disfrutados en el planetario Humboldt de Caracas.

Pero luego de esa semana la agenda estaba vacía, no tenia claro un siguiente paso, ni mucho dinero en el bolsillo que lo alentara a tomar la decisión que muchos hubiesen tomado, quizás, irse a un hotel, esperar que pasara esa tarde lluviosa y descansar luego de una larga semana, pero este soñador no podía gastar lo poco que tenía en algo que no lo acercara a lo que quería: seguir visitando espacios culturales para ampliar su experiencia y compartir sus conocimientos con el mundo.

Ese mismo día compró un pasaje para el siguiente autobús con destino a Pamplona. Aunque ésta localidad también pertenece al departamento del Norte de Santander como Cúcuta, significaba 75 kilómetros más cerca de la capital del país, llegar hasta Bogotá y conocer el planetario que tantas veces había visto solo en fotos era uno de sus sueños más anhelados.

Nuevamente se montó en un autobús sin mirar atrás, sabiendo que allí comenzaría lo que hasta ahora había sido la aventura más grande de su vida; con ese limitado presupuesto, sin teléfono, computadora y nadie esperándolo a su llegada, no tenia muchas opciones: la primera noche la pasó en una plaza.

A la mañana siguiente, mientras reflexionaba y se preparaba para todo lo que estaba por venir, vivió el primer gesto de solidaridad de innumerables que viviría en su travesía; una mujer se le acercó para ofrecerle un pequeño espacio donde dormir en el humilde hogar que compartía con sus niños. La oriunda de los bajos mirandinos de Caracas, le dio ánimo a Bryant para que continuara con el camino que hacía menos de un mes había comenzado.

Al verlo tocar puertas en todos los espacios posibles en diferentes ciudades del país, le sugirieron que lo hiciera en la Universidad de Pamplona pues muy seguramente alguien estaría interesado en escuchar lo que Bryant tenia por decir, pero al llegar allí se encontró con una universidad desierta por estar en medio de un paro. Las opciones en Pamplona se habían agotado y afortunadamente el Planetario de Bucaramanga, a 124 kilómetros de él, había dejado una respuesta positiva a su solicitud en la bandeja de entrada del correo electrónico.

Esta vez no tenía para el autobús que lo llevara hasta esa ciudad, solo sus pies sobrecargados por el peso de su mochila desgastada.

Caminó, caminó y caminó. Cuando sus hombros y pies le pedían tregua buscaba algún lugar para poner su carpa, descansar unas horas y levantarse muy temprano para aprovechar el primer rayo de luz y continuar con su peregrinaje estelar. Cuando encontraba algún lugar con una computadora, la usaba para buscar algún mapa que le indicara si aún se mantenía en la dirección correcta, al mismo tiempo trataba de memorizar la ruta que debía continuar, pero cuando la noche lo sorprendía en medio del solitario y oscuro camino no dudó en usar sus amplios conocimientos astronómicos para mirar el cielo y, guiándose por las estrellas, saber la hora y la ubicación de algún punto cardinal.

Bryant rememora con detalle esos días, las vivencias que según él le han cambiado la vida: «me han hecho ser más sencillo, humano, menos materialista»,  hace pausas, suspira y traga grueso para hacer un especial énfasis en las reacciones inesperadas de los locales que tuvo la fortuna de encontrarse a su paso.

«Me sentí querido y protegido por todos los desconocidos que me apoyaron desinteresadamente, yo no sabia nada de ellos, ellos solo sabían que yo era venezolano por mi gorra. A donde voy, siempre me he sentido bienvenido».

Con cariño y admiración escuchó más de una vez frases como: «mijito, debe tener hambre, venga, entre y tómese esta sopita que le dará fuerzas para continuar el camino», «¿ya comió?, descanse aquí un poquito mientras se toma este tintico (cafecito)«, «claro mijo, puede montar su carpa en este espacio», «te vimos en el camino y pensamos que pudieras tener hambre, toma esta comida», «Uy mijo, usted es un berraco (valiente), no cualquiera se atreve a hacer lo que usted hace». Se siente profundamente agradecido con todos los colombianos que le han tendido la mano, la gran mayoría de ellos tenía algún vinculo con Venezuela; vivieron algún tiempo en la época dorada del país o conocieron algún vecino, amigo o familiar que migró en esa dirección buscando un rinconcito estable para comenzar una nueva vida.

Serpentear la Cordillera de Los Andes, escampando algunas veces de la lluvia torrencial o de un sol cegador y solo con sus pensamientos, le sirvió para darse cuenta de varias cosas; aprender a coser cuando en medio de la nada las costuras de su mochila se rindieron, extrañar los momentos en los que estuvo acompañado y darse cuenta que sin querer queriendo se había convertido en todo un mochilero, entonces tuvo la idea de enlazar todas las experiencias vividas hasta ahora y los conocimientos de las ciencias del espacio, que al fin y al cabo lo motivaban a continuar con este nuevo estilo de vida.

Cuando días después, por fin llegó a la «ciudad bonita» de Bucaramanga tenia otro motivo para sentarse en frente a una computadora: crear su blog llamado Mochila Astronómica demostrando que «la astronomía no tiene fronteras» y para dar los detalles de lo que les estoy contando. Desde ese día el blog se convirtió en su tarjeta de presentación.

Le aliviaba pensar que alguien lo estaría esperando con la reservación de una cama para darle un merecido descanso a su cuerpo, así fue, el planetario de la ciudad tenía un lugar para su estancia aunque Bryant no pudo llevar a cabo las conferencias acordadas, pues las personas con las que había mantenido comunicación tuvieron que viajar esos días a otras ciudades del país para asistir a eventos relacionados.

Usó esos días para buscar oportunidades en otras ciudades, darle vida a su blog y tratar de vender algunos CDs con un software que él mismo había desarrollado en Venezuela: Astronomía para niños, revistas digitales y material para recortar colorear; Óptica, telescopios y cómo funciona la física; Astro fotografía básica y el cuarto CD, Identificación de estrellas y simuladores.

Cada vez que vendía uno llegaba a su bolsillo el equivalente a casi 2 dólares que destinaba para comprar alguna cosa de comer y juntar lo que costaría el pasaje de autobús a la capital, pues el Planetario Distrital de Bogotá lo esperaba con los brazos abiertos a la semana siguiente.

Habiendo cumplido los días de hospedaje en Bucaramanga y nuevamente con su mochila a cuestas siguió su camino a pie porque el dinero recaudado no le fue suficiente para comprar un pasaje, tenia por delante mas de 390 kilómetros y la viva ilusión de dar una conferencia en tan soñado lugar.

Transcurrían los días y el agotamiento incrementaba, las suelas de sus zapatos ya eran parte del pasado, trataba de tomar descansos más largos en los caseríos por donde pasaba, disfrutaba de noches silenciosas y de las estrellas, sus únicas compañeras que lo guiaban en las caminatas en medio de bosques donde solo podía ver lo que pisaba cada vez que los reflectores de un camión alumbraba sus pasos.

 

De día se topaba con la sonrisa de las personas que lo veían pasar, a muchos les costaba creer cuando contaba con emoción que venia caminando desde Pamplona y su destino era Bogotá. En uno de esos descansos un señor lo escuchó y le preguntó: «¿mijo, para dónde va? – Voy para Bogotá, «Uy, eso si va lejos, yo voy en esa dirección pero por aquí mismo, móntese y lo acerco». 

Luego de atravesar varios pueblos, bañarse en ríos, deleitarse con parques nacionales y ser admirado por quien lo veía y escuchaba, esa frase fue música para sus oídos. El señor Franklin se mostraba asombrado por las anécdotas de este joven mochilero, preguntaba más sobre su vida y las razones que lo habían motivado a hacer aquello.

Cuando Bryant terminó su historia, el señor Franklin trató de dejarlo en un lugar donde pudiera continuar la travesía, pero antes le dijo: «Mijo, no camine más, tome esto para que complete y pague el autobús, buena suerte». 

Con los pies en Oiba conocido como el “pueblito pesebre de Colombia” a 151 kilómetros desde su último punto de partida, Bryant solo miraba al firmamento con una sonrisa de oreja a oreja: tenia por primera vez en sus manos un billete de 20.000 pesos colombianos, el billete que coincidentemente le rinde homenaje a Julio Garavito Armero, un astrónomo bogotano que contribuyó al desarrollo de las ciencias en Colombia.

No calculó horas, distancias ni trayectos, solo tomó el siguiente bus que lo llevaría al destino final que hasta el momento se había trazado y donde lo estaban esperando al día siguiente.

Cada vez que Bryant abordaba un autobús su mente asimilaba sensaciones totalmente distintas, evidentemente ésta vez no seria la excepción. Luego de más de 4 horas de recorrido llega a la bulliciosa capital del país, caminaba lentamente por el terminal de pasajeros observando todo a su alrededor, viviendo el momento en cámara lenta y buscando un lugar en su mente donde pudiera finalmente descansar. Caía la noche en la fría, ruidosa y conglomerada Bogotá de ocho millones de habitantes.

Al mismo tiempo recordó que producto de la emoción de haber recibido respuesta del Planetario, se conformó con saber que la institución haría una reservación a su nombre en las adyacencias del lugar, pero no sabia dirección alguna. Caminó 16 kilómetros hasta toparse con el tan mencionado lugar, no cabía de la emoción, ya no tenia que imaginarse estar ahí, era un hecho, estaba en frente al Planetario Distrital de Bogotá.

Luego de unos minutos volvió a la realidad, solo podía ver edificios residenciales alrededor, una imponente avenida con lujosos hoteles y un cuerpo que ya no daba más, el agotamiento acumulado era más grande que él. Seguía caminando para tratar de encontrar algún lugar sencillo que lo invitara a preguntar si había algo con su nombre, minutos más tarde percibió la mirada de extrañeza de un sujeto de apariencia intimidante que resguardaba la entrada de un exclusivo hotel, Bryant ya no tenia nada que perder, entró por inercia para preguntar en la recepción.

Los que conocemos Bogotá nos preguntamos, ¿qué hubiese sido de la vida de este caraqueño indefenso aquella noche de no haber preguntado en este lujoso e imponente edificio?

«Permítame su pasaporte… Claro señor aquí tiene una suite reservada con su nombre por los siguientes 4 días, con todas las comidas incluidas»

Si usted que está leyendo esto sintió un sustico de emoción en el estómago, imagine el «sustico» de este aventurero que ha acaparado la última media hora de su tiempo.

Al día siguiente después de una reparadora noche de sueño, nuevamente sobre un colchón y bajo un techo, pero no uno cualquiera, sino uno cinco estrellas, este hombre salió muy puntual, elegante y perfumado a comerse el mundo, sonriendo y tratando de creerse todavía todo lo vivido para poder estar caminando en esa acera.

Pasaban los días y los directivos del planetario quedaban boquiabiertos con sus charlas magistrales, la propiedad de sus palabras y el desenvolvimiento como pez en el agua en la sala. Como en todos los lugares a los que fue, las puertas siempre quedaron abiertas para cuando quisiera regresar y agradecía las numerosas palabras de aliento que siempre recibió por su trabajo, ante esto Bryant rememoraba con orgullo sus pasos por aquel lugar que se convirtió en su escuela, el Planetario Humboldt de Caracas.

La dura vivencia de este joven nacido en los 90, viéndose obligado a abandonar la universidad faltándole muy poco para recibir su licenciatura en Idiomas Modernos para empezar de cero en otro país, es cada vez más frecuente entre los venezolanos. Cientos de personas llegan diariamente a Colombia arriesgándose de diferentes maneras para subsistir.

Además, la historia de Bryant no es más que una pequeña muestra de perseverancia, esfuerzo y valentía o «berraquera» como dirían en el país que ahora es su segundo hogar, con ciertos destellos de locura que quizás solo unos cuantos se atreverían a escribir en su libro personal de vivencias.

Gracias a su proyecto Mochila Astronómica ha podido divulgar la ciencia, trabajar y ser el pionero en el desarrollo de diversas actividades culturales y de exploración en diferentes ciudades del país como Medellin y Manizales, por nombrar algunas, además de las mencionadas anteriormente.

Si quieres seguirle la pista a mi colega bloguero, que atravesó buena parte de Colombia a pie guiándose por las estrellas para seguir sus sueños, bien puedes hacerlo a través de su página de Facebook: Mochila Astronómica o leer los detalles sus cuentos planetarios en su blog: http://mochilaastronomica.blogspot.com/.

Si te gustó, comparte el cuento de este Venezolano Saca Sonrisas.

La viajadera

¿Estás listo para recorrer el mundo?

¡Viajar! En un primer momento pareciera ser algo fácil, actividad que a muchos les encanta y que nadie o casi nadie se resiste cada vez que se tenga la oportunidad, por lo que entonces parecen estar de más algunas guías con tips o consejos, pero aunque sea importante tener la disposición y un espíritu aventurero es necesario tener en cuenta, en todo momento, que las diferencias culturales, maneras de pensar o ideologías que se encuentran por todos lados, aunado a diferencia de religiones o razas, crean una serie de complejos que mezclados con la inexperiencia de un viajero novato, pueden llevar a la que se supone la aventura más grande de todas, a un fracaso que deje un mal recuerdo del viaje.

Para viajar, más importante que hablar el idioma local y medir el tiempo para cumplir la agenda prevista de sitios por visitar, es una actitud humilde, imprescindible ser abierto ante cambios y todo lo que se encuentre en el camino, pues en el mundo hay tantas personas tan diferentes que es probable que las cotidianidades de algunos choquen con nuestros principios o estilo de vida y que de una forma u otra parezcan desagradables.

Estos son solo algunos consejos que una viajera puede dar para aquellos que por fortuna se sienten listos para emprender una nueva página de aventuras en su libro de experiencias personal:

  • Crea una bitácora de viaje: Lo que diferencia a un viajero de un turista es que el primero toman lápiz y papel y anota todo lo necesario para hacer de ese momento algo inolvidable, el segundo toma fotografías y vídeos para inmortalizar cada instante. Tiempo después, cuando se está a kilómetros de distancia de ese lugar revivirán algunos recuerdos cuando con las imágenes conservadas, pero cuando se lee la bitácora del viaje se podrá recordar todo el panorama.

 

  • No todos nacieron para ser “mochileros”: Es una manera bastante económica de conocer muchos países, además de ser la más real, pero para viajar de este modo se deben dejar de lado algunas comodidades a las que se está acostumbrado, quizá las estancias no sean las mas cómodas, no se disfrutará de los platos más exclusivos, pero probablemente se conocerán personas que estén en la misma disposición de conocer nuevos lugares sin darle mucho valor a los detalles.

 

  • Viajar con lo indispensable: Por más tiempo que dure la estancia en otro lugar no se necesitará más que un par de mudas de ropa cómoda, ropa interior suficiente, dos pares de zapatos y alguna prenda para abrigar, nada más incómodo que cuando el equipaje es más grande que las expectativas sobre el viaje.

 

  • Viajar con calma: Viajar no se trata de cumplir objetivos, juntar frenéticamente sellos en el pasaporte para comprobar que se estuvo allí. La verdadera forma de conocer un lugar, la cultura y las personas que hacen vida en el lugar, es pasar el tiempo suficiente como para llenarse de su esencia. 

 

  • Las personas que se topan en el camino harán del viaje una experiencia única: El objetivo de todo turista es conocer aquellos espacios destinados para viajeros, cuando se viaja es interesante interactuar con las personas autóctonas de cada lugar, hacer algunas actividades tradicionales de los habitantes del lugar.
La viajadera

Taguay: «Pueblo pa’ bueno»

 

«Si dicen que Guárico, geográficamente es el corazón de Venezuela, entonces nosotros somos los latidos de ese corazón» aseguran con una enorme sonrisa los habitantes de Taguay, un pueblo localizado al sur del estado Aragua en la frontera con el estado Guárico de Venezuela.

Es de admirar el sentido de pertenencia, el arraigo de lo suyo y las ganas de crecer como sociedad el que brota por los poros de todo aquel que hace vida en la localidad.

Con el apoyo de diferentes ONG la comunidad trabaja en un bonito proyecto el cual busca hacer trascender su historia local, su cotidianidad, sus riquezas naturales, su simpática gastronomía como por ejemplo los fulanos «plátanos picarones» que me hicieron salir corriendo a buscar papel y lápiz para anotar la receta inmediatamente que los probé.

Si me preguntaran que es lo más valioso de ese lugar sin pensarlo dos veces diría que su gente, es gratificante ver todas esas sonrisas juntas esperando por aquellos que se animan a escuchar la historia de su pueblo, la cual es contada de generación en generación hasta llegar a los oídos turistas que recorren sus calles, calles que hace cientos de años fueron la arteria principal  que conectaba la zona de los llanos con las principales ciudades, cuna de grandes actividades comerciales para la época, como Ocumare o la lejana Caracas.

 

Sus calles fueron escenario de algunos aconteceres históricos que junto a muchos otros marcaron la trascendencia de su historia regional. La calle Bolívar, que curiosamente es la que bordea al pueblo y no es la principal, vio pasar a hombres como José Tomás Boves o hasta el mismo ex presidente Juan Vicente Gómez, junto a Eloy Tarazona su mano derecha, en busca de reses para su finca ganadera.

Los lugareños en pro de darle vida turística al lugar han creado rutas guiadas que atraviesan de cabo a rabo el pueblo y que por supuesto incluyen una parada debajo de un majestuoso árbol que les ha dado sombra por más de doscientos años y que como cada esquina, tiene una historia propia digna de escuchar, la visita a la casa más antigua de la zona la cual está por convertirse en patrimonio, deleitarse con los deliciosos productos caseros que hacen para consentir a todo el que los visita. (Cuando prueben el vino de parchita, por ejemplo, sabrán de que les hablo).

La plaza Bolívar del pueblo es como si fuera el patio central de una gran casa, todas las personas se conocen, todos son amigos, los abuelos se agrupan en las tardes a echar cuentos al que se le acerque y por supuesto nunca falta el protagonista de toda reunión de veteranos, un juego de dominó.

En mi recorrido tuve la suerte de presenciar el ensayo de la orquesta del pueblo, curiosos niños de unos 8 años de edad aproximadamente hacían retumbar las enormes paredes de la iglesia, el único lugar que le ofrece mayores comodidades para ensayar en toda la localidad. Con finos instrumentos entonaron melodías que sin duda deleitaron a todos los afortunados asistentes que no paramos de aplaudir y tomar fotografías desde todos los ángulos posibles.

Todo el recorrido lo disfruté tanto como el cierre de la ruta, una parejita de vecinos de unos 9 años se adueñaron del patio central de «Casa Taguay», (donde les conté que me deleité con los famosos plátanos picarones), bailaron una pieza de joropo tocada en vivo como ningún profesional del baile lo haría, en minutos el patio se llenó de zapateos sincronizados que seguían la seña del arpa, cuatro y maracas que amenizaba la reunión.

Apuesto que muy pocos de los que lean esta entrada no han ido o siquiera escuchado de Taguay «pueblo pa’ bueno» como ellos mismos aseguran y como ahora yo confirmo, queda a unas 2 horas de Caracas cerca de Altagracia de Orituco, vayan, caminen sus calles, bañense en el río, disfruten sus posadas, sean inspirados como yo por decenas de personas que creen en esta tierra fervientemente y que si no tienen azúcar para el juguito de bienvenida, preparan el mejor papelón con limón que puedan.

Ellos piensan en todo y  ni el internet intermitente es una limitante para ellos, si quieres saber más sobre Taguay visita: ecoturismotaguay.wordpress.com o para información adicional ecoturismotaguay@gmail.com.

Una vez más gracias por el aporte de ideas, soluciones, motivación y demás recursos a las ONG que hacen vida en proyectos como este y muchos otros. Por supuesto gracias por la invitación de la Fundación Tamayo. http://www.fundaciontamayo.org.ve

Fotografías y texto por: Diana Carolina Beltrán

Instagram y Facebook: @loscuentosdetita

Twitter: @cuentosdetita

cuentosdetita@gmail.com

 

 

 

 

La viajadera

Colombia con aroma y sabor a café

 

Este no fue un viaje convencional o estructurado como lo fuera para cualquier persona o como lo haría cualquier persona. Fue diferente hasta para mi, lo podría catalogar como arriesgado y precisamente eso fue lo que me motivó a hacerlo, enfrentarme a lo desconocido.

Llegué a este país con la seguridad de conocer nuevas facetas de mi, de conocer nuevos lugares y de disfrutar de una nueva experiencia: llegar a intercambiar trabajo a cambio de estadía y comida.

Llegué a la ciudad de Bogotá, caminar sus calles en compañía de mi curiosidad nata que me ayudó en mi oficio como periodista me llevó a lugares interesantes, hablar con personas poco comunes, entrar a lugares diferentes, tomar nuevas fotografías, y tener mi primer contacto con todo un mundo de café que me esperaba sin saberlo.

Estuve unos días recorriendo nuevos y tradicionales espacios de esta ciudad, a pesar de que era mi quinta visita a la capital neogranadina, todos los viajes son diferentes, llegas con diferentes propósitos y te vas con nuevas experiencias.

Se acercaba mi primer sábado en aquel país, un día me desperté con el olor al café recién colado y los gritos del señor que diariamente pasa en su bicicleta ofreciendo «peto sabroso, avena bien fría y milo caliente», esa mañana me dispuse a estructurar mi agenda de viaje, buscar los contactos que había hecho unos meses atrás y que había encontrado en internet, decidí que mi primer viaje sería al centro del país, el conocido eje cafetero, específicamente a la capital del departamento del Quindío, Armenia, en eso recibo la llamada de una de mis tías:

– Hola mija, por fin ¿a dónde es que se va usted?

– Mmmm, al Quindío

– A no, entonces no le sirve, la llamaba para contarle que el viernes unos conocidos se van a Ibagué, entonces pensé en que podía irse con ellos…

– ¿Ibagué? ¿Dónde queda eso?

– Es la capital del departamento del Tolima

– Viendo en el mapa eso me queda a mitad del camino, no conozco y se que un hermano por parte de papá vive allí sería la oportunidad ideal para visitarlo, dígale a sus conocidos que me guarden un puesto, que yo les echo cuentos y llevo chucherías.

Y así fue que el viernes a las 8:00 am bajo una tormenta me encontraba saliendo de la ciudad de Bogotá, embelesada con los paisajes que ofrecía el camino y con un par de desconocidos super simpáticos (que entre tanta habladera quedamos en encontrarnos una próxima vez para irnos a Ecuador en carro), estaba en camino al Tolima y localizando a mi hermano para decirle que nos veríamos nuevamente después de 17 años.

Después de unas 4 horas estaba en Ibagué, duramos más de lo normal ya que pasamos por varias localidades del departamento de Cundinamarca, llegamos, me quedé en una concurrida calle de la ciudad con mi mochila, tomé un taxi y le pedí que me llevara a la dirección que mi hermano me había escrito, era la de su casa, allí conocí a Manuel mi pequeño sobrinito, y al pasar las horas llegó mi hermano y su familia, me dijo «hola hermana, bienvenida a mi casa» eso me hizo sentir en familia y dejar a un lado la pena de lo inesperada de mi visita, fue una estadía enriquecedora y gratificante, en un comienzo éramos dos completos extraños con un nexo cercano, al final terminamos siendo simplemente dos hermanos.

Mi hermano y su familia me llevaron a conocer algunos de los lugares más bonitos del departamento del Tolima, variedad de climas, paisajes y hasta sabores. Mi hermano me explicó que Ibagué, la capital del departamento, tiene forma de «caimán» entonces recorrí en un simpático Volkswagen de 1962 desde la cola hasta la cabeza del animal.

Días después me despedí de la familia que conocí para emprender otra parte del camino en esta larga travesía, tomé un autobús con destino a la urbe del eje cafetero, la ciudad de Armenia capital del departamento del Quindío, no conocía la ciudad, ni siquiera a alguien por allí, solo hice contacto con un Hostal, ellos me esperaban, me mandaron la dirección. Luego de atravesar durante más de un par de horas la Cordillera Central que va de punta a punta de Sur América, llegué al terminal a las 9:00 pm un domingo, recogí mis mochilas, la más grande llamaba la atención de la gente, por falta de espacio llevaba mis botas colgadas que se bamboleaban de lado a lado con mi caminar. Salí y disimulando mi cara de perdida tome el primer taxi, le pedí que me llevara a la dirección del hostal.

Se trataba de un señor mayor que inmediatamente después de decirle: «Buenas noches señor, ¿me lleva a esta dirección, por favor?» con mi ruidoso acento extranjero, no solo me miró a través del retrovisor, sino que se volteó a verme de arriba a abajo, me sonrió y me dijo: «a ver niña, usted no es de aquí y con esas mochilas se ve que viene de lejos, desde donde nos visita?, sonreí (nerviosamente) y le dije: » soy de Venezuela» y el volteó y siguiendo el camino a mi destino dijo confiado:  «ahh viene de Venecia, y ¿ cómo es eso por allá?, «no, vengo del país de al ladito, de Venezuela, soy de la capital, se llama Caracas y por allá es muy bonito, imagínese que tenemos montaña y el mar a media hora».

«Pues yo no sabia eso, mire pues… Bueno yo le cuento de por aquí, este es el centro de mujeres de la mala vida, usted sabe, las fufurufas, ¿si ve esas que están en la puerta de ese bar?, de esas le hablo, yo me las conozco a todas, lo triste es que son unas niñas, esas deben tener unos 18 años».

Ciertamente no esperaba que me dijera eso y menos en mis primeros 10 minutos en aquella ciudad, estábamos llegando al hostal, me dio su tarjeta por si se me ofrecía una carrera durante mi estadía. Llegamos, me dejó frente a una casa casa grande, bonita y con pequeño pero hermoso jardín, ventanales grandes y música de fondo. Toqué el timbre, una chica me abrió la puerta, pasé hacia la recepción y el chico de turno me dijo: » tú eres Diana?, bienvenida» me pidió mis datos y seguidamente me mostró mi habitación, la cual compartiría con 3 voluntarios más, durante las próximas semanas.

Dejé mis cosas en la que sería mi casa durante mi viaje, la parte de abajo de una litera, salí a explorar la casa, la gente y el café, en el sótano de esa linda casa había un sueño de café, paredes rústicas, decoración artesanal, música en vivo, cócteles en la barra y mesas llenas, ese, además de la recepción del hostal, sería mi lugar de trabajo.

Con el pasar de los días aprendí a reconocer a los huéspedes, los empleados y los voluntarios, la dinámica de mis funciones, mis jornadas laborales y el día a día de Armenia.

Los voluntarios:

Mareike (conocida como Mary):

Una simpática chica alemana, que vivía en Bélgica y que al salir de clases decidió conocer este lado del mundo, empezó su recorrido mochilero en Panamá donde dio sus primeros pasos con el español y luego… jamás comprendí perfectamente su itinerario de viajes pero lo que puedo asegurar es que habla muy bien español, no le gusta el azúcar, adora comer plátano y ya conoce varios países de América.

Los argentinos:

Llegaron unos días antes que yo, su llegada a aquel lugar fue, un poco, menos planificada que la mía, hace meses que habían salido de la Pampa argentina para cumplir el sueño de bañarse en las bendecidas aguas del caribe, salieron con 400$ para subir y bajar sur américa como si se tratara del patio de una casa, una mochila llena de ganas de crecer, explorar y conocer lo que la vida y la casualidad les pusiera en su camino y muy importante un micro juego de ollas de viaje que me salvaron la vida más de una vez!

Lio: es un fanático de la fotografía, ese era nuestro tema fijo y más cuando empezamos a trabajar para una pequeña compañía de fotografía familiar en un pueblo cercano llamado Calarcá, chef profesional mochilero e instructor del idioma «argentino».

El Sebas: como buen argentino enfermo por el fútbol al igual que Lio, con un carisma más grande que casi sus dos metros de estatura, mal imitador del acento venezolano, poeta furtivo y enamorado de un amor argentino!

La boliviana:

No recuerdo si alguna vez supe su nombre, ella me parecía todo un misterio, tiempo después me enteré que desde hace mucho tiempo vivía en la ciudad de Medellin, capital del departamento de Antioquia, los rumores decían que ella se enamoró por internet de un viajero que por casualidad llegó a Armenia y a ese hostal, entonces ella decidió prestar apoyo como voluntaria esos días para coincidir con él, no me crean, era la hipótesis que se manejaba.

A pesar de que solo a veces había mucho movimiento de huéspedes, uno que otro se dejó colar en mi experiencia viajera.

Una vez en el turno de Sebas en la recepción llegó un señor de unos 5o años supongo, solo hablaba inglés y SOLO tenía galletas tipo sandwich rellenas de queso, no intercambiaba palabras, solo galletas, nos llenó de galletas y de carcajadas en la cocina cuando los voluntarios y uno que otro empleado nos reuníamos y salía él como tema de conversación:

«hoy iba a hablar por teléfono al balcón y lo encontré oliendo los bombillos»

«De nuevo me dio un montón de paquetes de galletas, no sé si es que me ve con cara de hambre o qué»

«Hoy bajó al café y pidió que le cambiaran un paquete de galletas por un almuerzo»

Días después llego un señor que me causó mucha simpatía, lo conocí cuando era mi turno en el café, era un señor bastante mayor, francés, cuando le llevé su desayuno me preguntó sobre su café, orgullosa de mis conocimientos que había adquirido gracias a ese viaje le eché todo el cuento del origen de su café, mostrándose muy interesado me contó que un día se compró una bicicleta junto con un boleto de Francia a Alaska y empezó a bajar el continente en bicicleta, sí, en bicicleta, el poco español que sabía lo aprendió leyendo las cartas de los restaurantes desde México hacia el sur.

Hace un par de lineas atrás les comenté efímeramente sobre un trabajo de fotografía,no fue efímero, fue genial.

Curioseando en internet encontré en una noche lluviosa una publicación donde decía que buscaban fotógrafos únicamente con cámaras Nikon para trabajar en Pereira (la capital del departamento vecino), el anuncio finalizaba con un teléfono celular de contacto. Busqué a cuanto tiempo me quedaba esa ciudad, decía que a 1 hora aproximadamente, entonces me mostré interesada y concrete una cita con la persona.

Hice una prueba en el Jardín Botánico del Quindío ubicado en Calarcá un pueblito a unos 20 minutos, mi trabajo se trataba de tomarle fotografías a los turistas que pasaban por el mariposario. Eso me hizo escuchar decenas de veces las explicaciones de unos adorables guías con respecto a las mariposas. Cuando trabajaba en el Jardín era experta en mariposas y cuando trabajaba en el parque temático Consotá en Pereira, era experta en chivos o en descifrar el significado de los refranes y dichos que hacían reír o hasta sonrojar a más de uno que pasaba a tomar café por la finca cafetera donde hacían vida 3 personajes pintorescos que imitaban la cotidianidad del campo. Si es cierto que la risa rejuvenece, estando en esa finca volví a nacer.

En los días en los que trabajaba en el hostal parte de la jornada también aprovechaba mis horas libres para salir a caminar la ciudad, tomar fotografías o sentarme a ver pasar la gente mientras que comía dulces callejeros típicos de la región.

Mis días libres eran los mas esperados, era mi oportunidad o para trabajar como fotógrafa o para conocer el verdadero olor a café que pone en tazas a nivel mundial lo bueno de Colombia, de unos 11 pueblos que rodean la ciudad, conocí 7, uno mas bonito que otro, todos con personalidad, con dinámicas y ambientes diferentes a pesar de estar rodeados por las mismas montañas cafeteras y plataneras.

Cada viaje local me llenaba de una anécdota personal una entrada del blog de notas del teléfono, una de las más simpáticas fue la del domingo 22 de mayo, fue un día diferente, pero sin duda inspirador para escribir todo lo que veía y sentía mientras llegaba a Buenavista, aquí les dejo ese día, imagínenlo, cierren los ojos (es válido ajustar el escenario a una de la realidades por la que nos pasea García Márquez):

– El domingo fue mi día libre esa semana, estaba trabajando en Casa Quimbaya a cambio de estadía y una comida al día, Armenia está en el centro de todos los lugares turísticos y recomendados para ir, es por eso que pensé en aprovechar ese día libre a pesar de no tener muchas ganas de salir muy temprano de la cama, mi espíritu viajero fue que el me quitó la cobija y se llevó la flojera. El sábado anterior había planificado ir a Salento ese domingo y conocer el pueblito más turístico de Latinoamérica, pero me recomendaron ir solo días de semana, ya que el fin de semana era muy concurrido, cambié los planes y preguntando el camino, emprendí viaje a Buenavista. 

Tierra fértil, olor a café, olor a grama recién cortada, casas pintorescas, ni las escuelas se escapan de los vibrantes colores, techos rojos y decoraciones alusivas al lugar, montañas con diferentes tonalidades de verde, infinitas plantaciones de maíz y plátano a orillas de la carretera, casas con el tendedero de ropa de trabajo recién lavada, lechona, café y bandeja paisa cada dos casas, en el camino conocí Barcelona un corregimiento de Calarcá, el sector me recibió con casas de dos pisos y balcones de todos los colores, mujeres con biblia en mano caminando por las aceras con sombra, desde la carretera se podían ver algunos claros entre tanta vegetación donde a lo lejos se podía divisar el ganado disfrutando de kilómetros de verde pastizal en un fresco día a pesar de que era un día soleado.

Hicimos una parada en Río Verde una placita con un par de casas coloridas y con terminaciones en bambú alrededor, otra pasajera del autobús me recomendó quedarme en ese lugar al regresarme de Buenavista y tomar un bus en dirección al Pijao, otro pueblo del Quindío, al sur específicamente. Ella era oriunda de Buenavista pero trabajaba en Pereira, capital del departamento de Risaralda y al tener la familia en su pueblo natal es costumbre para ella hacer ese recorrido todos los fines de semana.

La gran mayoría de matas de plátano estaban cargadas, lo sabía porque los racimos estaban envueltos en bolsas plásticas aún sin ser cortados de la planta, todas eran azules. Estaba deleitada en toda la carretera con lo poco que podía ver desde el autobús, pero a unos cinco kilómetros de Río Verde el autobús empezó a subir, entre más se adentraba en la montaña más podía divisar y deleitarme con ver la unión, a cientos de kilómetros de mi, del cielo con esta tierra fértil responsable de posicionar a Colombia como el productor del mejor café del mundo.

Allí, en la loma de la montaña, el clima cambió, de una curva a otra sentí la diferencia, cerré los ojos para inhalar fuerte la frescura de ese pueblo, al abrir los ojos, Sonia la chica del autobús se volteó con una sonrisa y me dijo: «vea pues niña linda, bienvenida a Buenavista».

Don Oscar, el conductor de la unidad me dejó en el parque. Me bajé del autobús y vi hacia los lados sin imaginarme que media hora después me conocería el pueblo como la palma de mi mano. Entré a la iglesia, pensé en haber pagado todos mis pecados subiendo unos 200 mts de pendiente bajo un sol picante sin brisa, pero al llegar arriba la vista del sitio me hizo saber que había valido la pena, el mirador era lo que hace 9 años había sido una estación de teleférico.

Nadie me supo decir porque había cerrado pero la estructura se mantiene muy conservada. Después de ver la alucinante vista me di cuenta que disfrutar de paisajes como esos tan puros y a veces tan azules, porque al cielo le gusta teñir la tierra que pisamos, es lo que te hace saber que estas vivo, como abrazar a alguien que quieres mucho o producirle una sonrisa a un niño.

Al finalizar mi recarga de energía, bajé y recorrí la calle principal y los alrededores hasta llegar a una heladería artesanal que me recomendó Sonia, la chica del autobús. Me atendieron como me consiente mi mamá cuando estoy en casa, tuve la fortuna de degustar helado de café con helado de kibana (kiwi, cambur y piña) uno de los mejores que he comido, luego esperé juiciosa durante una hora el autobús que me llevaría a Río Verde otra vez y desde ahí tomar el que iba al Pijao.

El camino hacia el Pijao:

Una de las carreteras más bonitas por la que he tenido la oportunidad de pasar ha sido la de Río Verde al Pijao, montañas enteras de plantaciones de plátano, lo que me hace recordar mucho a mi abuela, para ella no había un plato de comida completo sin plátano, los llanos colombianos la vieron nacer hace décadas,  el camino también me hizo recordar lo mucho que le costaba encontrar en Venezuela su predilecto sabor para matar los antojos vespertinos, un «carrión» (tipo de plátano verde y pequeño, creo que también le llaman «topocho»).

Qué se iba a imaginar mi «aguelita», que esa niña de ciudad que ella llamaba «la periodista Tita Beltrán» no estaría ese día en pijama en la casa haciéndole cosquillas a los perritos en la barriga, sino sola en ese país, en la compañía de su recuerdo y rodeada de cientos y cientos de plantaciones de frutas y verduras en la mitad de las montañas.

Las pintorescas casas del Pijao me avisaron que mi parada ya estaba cerca. Este pueblo parecía más grande que el anterior. Inmediatamente me ubiqué por el alto campanario de la iglesia. Al caminar en esa dirección noté inmediatamente que el pueblo andaba de fiesta, la gente estaba contenta, si sonaba la canción de moda estar comiendo no era impedimento para pararse a bailar.

Eran las fiestas patronales del pueblo, la comunidad en pleno disfrutaba y era parte de la festividad, los más jóvenes orgullosos tocaban con alma y corazón sus instrumentos musicales sincronizados  por la barita que dirigía la banda, otros posaban junto a una llama para una cámara de fotografías instantáneas de esas que al sacar la imagen se debe agitar para que se revele en el momento, yo me deleité con la manera de disfrutar la festividad de las personas de aquella localidad, luego de recorrer el pueblo me senté a esperar el ultimo autobús que me llevaría de regreso a Armenia, lo esperé justo al lado de una partida de ludo que le daba vida a una tertulia de abuelos, ellos discutían sobre las diferencias del sabor del café en el país, yo eso lo tomé como una clase magistral sobre la popular y colorida semilla.

Semanas después luego de deleitarme con infinidad de paisajes emprendí el viaje de regreso paso a paso, a la sala caraqueña de mi casa, en medio de ese regreso al pasar por el Tolima unos días, tuve la oportunidad de darle riendas sueltas a mi imaginación mientras escuchaba de la voz de Hernán, mi hermano, valiosas anécdotas y cuentos sobre la guerrilla colombiana, bajo una luna gigante que alumbraba kilómetros de pastizal en medio de la nada en la zona rural del departamento, donde acampé junto a mi hermano y su familia con motivo del día del padre.

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Fotografía y texto por: Diana Carolina Beltrán

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